jueves, 4 de junio de 2009

LA SALA MONTECARLOS

Aún me pregunto si ella me influenció en mi gran pasión; si tuvo algo que ver en mi comportamiento posterior. Soy un cinéfilo o sufro alguna enfermedad de las denominadas raras. Supongo que si, ella tuvo que ser el origen, el eje de coordenadas desde donde partió mi gran afición o mi decadencia. Mamá, desde que tengo uso de razón, me llevaba al cine. Siempre al mismo, al único que conocíamos. No había semanas en la cual no acudiéramos a la sala que había a dos manzanas de casa. Me acuerdo como si fuera hoy, el gran cine "Montecarlos". No había lujos, no había excesos. Era especial, era de los de antes, pero, por desgracia, todo ha cambiado desde entonces, ya no encontrarás una pantalla cuadrada, ahora son panorámicas con sonido de alta definición. Éste es envoltorio, tú el caramelo. No busques, que no lo encontrarás, al buen y serio acomodador, sólo encontrarás unas luces de nueva generación que te guiarán por las butacas que ya no son butacas, son ultra-sofás con una perfecta inclinación, eso si antes no te has perdido dentro del laberinto de sus veinte o veintisiete sub-salas. Pero aquella sala, murió. También mi madre y antes mi padre. La sala "Montecarlos" fue derribada, pero sigue vivo su recuerdo en mí. Entrar en sus entrañas era como dejar a un lado los malos augurios, los malos momentos vividos rutinariamente a lo largo de los días, dejando las lágrimas, la sensación de hambre y miseria que por aquel entonces sufríamos. La vida era dura, muy dura en los años setenta, sobretodo desde que padre murió, pero lo fuimos superando a través de los largometrajes, o eso, al menos, pensaba yo. Mamá, reaccionó. No podía quedarse en casa, pues los recuerdos la paralizaban, la convertían en una mera figura de porcelana. Ella, se transformó. Dejó la fragilidad por la tenacidad, aparcó la indiferencia por la ambición.

Al llegar la tarde se acicalaba, se ponía bien guapa. Sus labios, color rojo pasión, su falda y su blusa de los domingos, sus zapatos de tacón. En cuanto la veía coger el bolso ya sabía donde iríamos. Por aquel entonces tenía nueve años, sólo nueve en un cómputo establecido, aunque creo que siempre he sido mayor a la edad expresada en los papeles. Y nos marchábamos hacia el séptimo arte. Al principio, debido a la escasez monetaria, sólo nos permitíamos ir una vez por semana, luego, aumentó a dos, más tarde a tres, e incluso, al final, llegamos a ir cinco por semana. Lo raro e inusual era que siempre era la misma cinta dado que la frecuencia de cambio era quincenal, así que podía ver la misma película diez veces en quince días, todo una locura que me ayudó a cultivar una extraña capacidad de aprendizaje, todo sobre la base de la repetición. Nuestras butacas en segunda fila, en el centro, siempre. No cabe citar que el portero, el Señor D. Julián, llegó a conocernos muy bien. Creo que estaba un poco enamorado de mamá. Aunque nunca tuve la certeza, pues no se le pregunté, si que pude ver el brillo de sus ojos al vernos entrar día tras día. En los comienzos todo me parecía muy divertido, me sentía un niño con mucha suerte, pues entre mis amigos ninguno se podía permitir este tipo de lujos. Yo fantaseaba en el colegio, narraba las diferentes pericias y las distintas tramas adquiridas. Pero, y según me iba haciendo mayor, había algo que me comía por dentro. ¿Por qué mamá me dejaba sólo la gran mayoría de los días? ¿Por qué motivo desaparecía y volvía a aparecer cuando la película estaba a punto de terminar? ¿Se marchaba fuera de la sala o se quedaba en algún lugar escondida? ¿Sufría de incontinencia a la misma hora y lugar? ¿Era el santuario perfecto para derramar lágrimas ante la ausencia de papá? Y todo era extraño, y yo me iba dando cuenta. La secuencia la misma, el comportamiento el mismo. Comenzaba el film, la oscuridad lo embargaba todo, y ella, ella se marchaba diciéndome en el oído: <>.

Ante la novedad todo es circunstancial, no hay preocupación ni malos pensamientos, pero cuando la novedad se transforma en clonación uno puede divagar. En esas divagaciones transcurrían las tardes de cine. ¿Por qué, mamá? Ella se levantaba, agachaba su cuerpo para no entorpecer la visión al resto de las personas que acudían a la sala, y partía hacía la parte de atrás del recinto. ¿Por qué se sentaba al fondo dejando a su hijo en completa oscuridad; sólo, entre rostros desconocidos y algún que otro ronquido? Me costó saberlo tras mucho tiempo de ignorancia, quizás la edad que no obliga a nada más que vivir. Ella se iba, yo me quedaba. Los días, meses y años se incorporaban a nuestras llagas al igual que la droga va dejando posos en las venas receptoras. Llegué, con el tiempo y la aliteración, a no sentir curiosidad por lo que la pantalla mostraba, ni a los diálogos, ni a la música, ni a nada que tuviera que ver con la cinematografía. Me interesaba ella y sus inquietudes.

Entre los blancos-oscuros, la luminosidad efímera me permitía hallarla, atrás, tan lejos y tan cerca de mí, sintiendo como ella me cuidaba, mientras agachaba la cabeza en un compás acelerado o mientras veía la película sin ver nada más que una pantalla ciega junto a rostros y cuerpos que aparecían ocasionalmente para dejar como rastro un pañuelo violado. Otras, las menos, cabalgaba en un trote acompasado, envolviendo en silencio un grito desesperado. Ella, al final. Yo, en desconcierto.

En todo niño hay un investigador, ley innata. No fue fácil de digerir y de asociar este comportamiento. Los indicios aparecieron solos; las piezas del puzzle cuadraron. Vestigios y restos acumulados entre los diálogos de bellas actrices y de los primeros desnudos insinuados fueron depositados ante mí para darme cuenta del gran gesto y de la gran fuerza materna para salir adelante. Sin tener que decir nada, ni ella ni yo, sólo una mirada, conseguí conocer a una mujer sobrenatural: mi madre, que en el cielo descanse. Y nada cambió, seguí acompañándola al cine, creo que se sintió segura con mi compañía. Yo si lo estuve, ahora que falta no lo estoy tanto. Mi madre superó barreras para que yo alcanzará una vida mejor, no le importó nada caer en el abismo. Nunca le pedí explicaciones.

Ahora soy cinéfilo, enfermo y empresario de un multicine, pero nunca dejo de mirar hacia atrás por si acaso aparece en el fondo de la sala.

miércoles, 3 de junio de 2009

EL HOMBRE GRIS

Cada mañana ahí está esperándome con la mirada de humo y el gesto plagado de soledades. Semeja un perrillo abandonado aguardando eternamente a su amo.

Antes de que aparezca su silueta desvalida, ya la estoy buscando y nuestro encuentro es no entender un porqué y un dejarte arrastrar por sensaciones encontradas; sé que por mucho que yo le mire con ojos tibios, él no me ve. Está perdido en los callejones de su memoria.

Hay una esquina de la calle, donde el sol revienta cada mañana, que ilumina al hombre gris, pero su cara despoblada, su rictus de tristeza no abandonan su campo arado de penas. Los rayos plata visten de oro a este hombre cuya voluntad amanece con el día, y le obliga a volar a esa esquina abrazado a un periódico y esperando no se sabe qué. Tal vez se pase allí el día masticando el aroma de las horas mientras la gente roza su aliento perdido… Quién sabe.

Y así, un día y otro se repite la misma película sin que él aterrice en la explanada de la vida, ni yo me decida a formar parte de ese film; más bien me inclino a ser una mera espectadora de un robot al que se olvidaron borrar los sentimientos, como en la película “Inteligencia Artificial”… Quién sabe.

Si al menos se posara algún vencejo cerca de su sombra, su mutismo tendría música, y mis ojos penitentes tendrían el consuelo de que mi hombre gris no está sólo en su vacío.

Aprieto su evocación con mis fuerzas abastecidas de ternura y pena, no quiero perder ni un renglón de ese hombre gris que remueve mis cimientos. Dialogo con mi paso y su imagen prendida en el alma para dárosla a vosotros, silentes paseantes sobre letras desatinadas.

lunes, 18 de mayo de 2009

QUISQUEYA

No podíamos avanzar más, habíamos llegado hasta el control de pasajeros; allí deberíamos dejar a Flor de Oro.
No hablábamos, y nuestro silencio era roto por otras despedidas más ruidosas. Nosotros ya nos habíamos dicho todo. Cuarenta años mirándonos a los ojos eran suficientes. Los chicos y Pablo se retiraron discretamente para que Flor de Oro y yo nos estrecháramos con intimidad. Se me hacía difícil mirarla a la cara sin que me cegaran las lágrimas y, sin embargo, lo debía de hacer; debería guardar su última imagen en mi corazón porque no la volvería a ver jamás... Lo sabía.
Ella había sido todo para mí: protectora, madre, amiga, mis pies, mis manos, mi alma.
Arriesgó su vida por mí en aquellos años funestos del anticomunismo del Jefe, Chapita o el Chivo como se le conocía al general Trujillo. Me refugió en los bosques que están a los pies de “los Alpes dominicanos”, entres musgo, lianas y frondosos árboles permanecimos dos meses. Mientras nos amamantaba a Angelita, su hija, y a mí. Pero Angelita nació débil y una noche voló con los ángeles, entonces toda la leche fue para mí.
Muchas, muchísimas noches la pedía que me contara cómo habían sido mis padres. Eran historias fantásticas como sacadas del cine más glamoroso del cine de los años cuarenta. Y según me hacía mayor más me preguntaba como siendo Flor de Oro una mujer analfabeta podía saber tanto del mundo... Era mi bruja buena. Me decía que había sido llamada espiritualmente para sanar al enfermo, adivinar el futuro y el uso de los más creativos e insólitos métodos para resolver los problemas cotidianos a los demás..., y terminaba diciéndome que todos sus poderes no habían podido evitar la ascensión de Angelita al cielo.
Sin duda, aún siendo una mujer iletrada, me enseñó todo lo necesario para sobrevivir. Me contagió su alegría por vivir, su simpatía, hospitalidad, su sonrisa permanente que nacía de un rostro tizón para desembocar en la blancura de sus dientes perla, y su carácter extravertido. Me enseñó la cultura de la tierra en la que nací: el Carnaval, las peleas de gallos, y sobre todo la omnipresencia del baile: El Merengue. Pero sobre todo, me imprimió el sello a ser fiel a mí misma, a amar mis raíces y no avergonzarme nunca, nunca, de quien soy. Mis padres eran judíos y llegaron a la isla como inmigrantes huyendo de la Europa nazi. Pudieron llegar con sus escasas partencias, pero gracias al alto grado de mi padre para los negocios pronto destacó el la isla y no sólo fue atesorando tierras y riquezas sino, además, poder. Y precisamente ese poder le destruyó. Una noche en la que se celebraba una fiesta en el jardín de las palmeras tropicales –así me relata Flor de Oro el jardín de mi hogar dominicano- cuando se silenció la música, se oyeron ruidos extraños y, a continuación una ráfaga de disparos que iban ascendiendo poco a poco al segundo piso, justo donde estaba mi habitación. Flor de Oro se quedó parada unos instantes y después, cogiéndome entre sus brazos salió por el balcón hasta las cocinas. Allí yacían los cadáveres de los camareros que habían estado sirviendo durante la cena. Siguió bajando hasta el sótano donde estaban los dormitorios de los empleados. Cogió a Angelita que dormía plácidamente en la cama y nos escondimos las tres debajo de la cama.
A una hora incierta, una pareja de colibríes se posó en el ventanuco de la habitación de Flor de Oro lo que la llevó a pensar que de un momento a otro amanecería por lo que decidió dejarnos acurrucadas a Angelita y a mí debajo de la cama y ella salir a investigar.
Lo que encontró, aún hoy después de tanto tiempo, se le oscureció la vista. Mis padres yacían en un enorme charco de sangre encima de la cama acribillados a balazos. Toda la habitación aparecía desordenada como si hubieran estado buscando algo. Flor de Oro que sabía donde mi madre guardaba sus secretos –así llamaba a sus joyas, dinero, documentación y un pequeño diario- porque un día, cuando me estaba Flor dando de amamantar, mi madre se acercó a ella y le dijo:
-Dios quiera que no nos pase nada, pero si tuviéramos esa desgracia, confío en que tú saques a mi hija del horror. Ven conmigo que he de enseñarte algo por si fuera necesario.
Y así, Flor de Oro supo el lugar de los secretos de mi madre. Hizo un atillo con lo que encontró, bajó de nuevo a la cocina y metiendo unos víveres en un cesto, fue a por nosotras y huimos a la selva donde los espíritus del bien nos protegerían. Invocó a “los luases”- divinidades intermediarias entre la deidad suprema y los hombres- para que nos sacaran vivas de allí... y salimos dos años después rumbo a España con una familia de grandes influencias que me prohijó al no poder tener hijos propios. También se llevaron con ellos a Flor de Oro que fue una más de la familia.
Con veintiún años me casé y Flor de Oro se vino a vivir con nosotros... hasta hoy. Hace un par de meses detectaron un tumor a Flor de Oro y no ha querido que la siguieran hurgando; sólo ha tenido un deseo: volver a Quisqueya para de allí volar al cielo con Angelita.
...Me ha mirado a los ojos con esa mirada oscura, penetrante, tan suya. Sé que me ha querido transmitir ese ángel que ha llevado toda su vida guardado.
Nos hemos abrazado hasta que delicadamente me ha quitado los brazos de su cuerpo, y la he visto marchar lentamente en busca de la conquista de su paraíso, y moviendo sus enormes caderas; seguro que iba bailando para sí un merengue.

PD. Los Dominicanos se refieren a veces a su isla como Quisqueya, un nombre para la Española usado por los indígenas Taínos que significa «madre de todas las tierras».
MªÁngeles Cantalapiedra

sábado, 16 de mayo de 2009

One flew over the Cuckoo's nest

No había entrado aún McMurphy al manicomio, cuando ya me encontraba al borde dela esquizofrenia, (diagnóstico psiquiátrico de tipo crónico y severo que describe el comportamiento de personas con alteraciones en la percepción, odistorsión de la expresión de la realidad).
Para ese entonces ya me había cambiado de asiento varias veces a lo largo y a lo ancho de la sala del cine. Para maldición mía, el hombre estaba determinado a meter su mano por debajo de mi falda y tocarme la piel de la rodilla. Dios sabe que más deseaba tocar para saciar el ardor de su sexo enarbolado en esa noche lúgubre y lluviosa en la que se me ocurrió ir sola al cine.
La película la protagonizaba Jack Nicholson, mi artista favorito de todos los tiempos. Por un momento me dejó tranquila, quizás respondiendo al dolor por el pellizco que le diera directamente en sus "güevos" , pelotas, genitales,escrotos, o que sé yo…, o como diría mi madre, "la joya de la familia".
Me moví a la primera fila, y luego de diez minutos, cuando ya el cuello se me trancaba, y las cervicales comenzaban a salirse del lugar correcto en la espina dorsal, sentí una fuerte respiración jadeante resoplándome en el oído. Concentrada en la trama donde Dourif descabritaba a Ratched, que trataba de suicidarse por segunda vez en una semana, no me dí cuenta de que la malévola mano hurgaba nuevamente, puesta sobre mi rodilla izquierda. Inconcientemente la moví, como quien mueve la lechuga para comerse el tomate en una ensalada mixta.
De súbito aparece en escena un paciente colgando ahorcado, y grito con todos mis pulmones, ¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
En realidad, mi grito se unió al del colectivo frenético y en suspenso:!AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA!
Bastó que me levantara del susto para que el pobre diablo desistiera de sus intentos eróticos. Seguro de que esta vez le arrancaría los "güevos", genitales,pelotas, escrotos, o como diría mi madre, "la joya de la familia", se alejó disparado. Pude terminar de ver la película sin mayores interrupciones.
Una vez en la calle, crucé el bosquecillo del parque a paso rápido.La noche, mojada aún por la lluvia, encerraba un aroma de locura y lujuria reprimida. Y de cada rama de los árboles salía una mano a tocarme las rodillas.
Carmen Amalis

miércoles, 13 de mayo de 2009

MANUEL ALEXANDRE

-Yo he nacido a muchas edades. Según las edades biológicas que he tenido, hesido una persona distinta. El ser humano cambia mucho con el uso, ¿verdad?

-Yo no creo nada en mí. Uno de los dolores de mi vida es no poder creer en Dios,en lo religioso. La gran injusticia es dar a la persona vida, conocimiento ysentido crítico..., y no poder saber que hay después. El que tiene fe, tiene unprivilegio. Yo no.

-Los viejos importan menos porque tienen menos interés. Si uno fuera Einstein

tendría interés, pero los viejos no interesan.
-Del azar no sabemos nada. Vamos en brazos del azar. Cuanto más fundamentales

son las cosas menos sabemos de ellas.

-La mujer que usa su atractivo hace bien..., nos ha jodido, no lo va a tirar. Yo soy un mujeriego porque tengo en un alto concepto a las mujeres, me gustan mucho. Ser mujeriego es un elogio.

-No tengo nostalgias porque nunca he creído en lo que estaba viviendo.

-Suelo coger el teléfono por si es la vida.

-Yo no quiero ser mortal. Si llego a viejo quiero que no se acabe. Si me dan aelegir, con las condiciones que yo ponga, salud y talento, pido ser inmortal.


(Extracto de la entrevista, diario "El Mundo", de Noviembre de 2008)

jueves, 7 de mayo de 2009

EL HOMBRE GRIS

Cada mañana ahí está esperándome con la mirada de humo y el gesto plagado de soledades. Semeja un perrillo abandonado esperando eternamente a su amo.
Antes de que aparezca su silueta desvalida, ya le estoy buscando y nuestro encuentro es no entender un porqué y un dejarte arrastrar por sensaciones encontradas; sé que por mucho qué yo le mire con ojos tibios, él no me ve. Está perdido en los callejones de su memoria.

Hay una esquina de la calle, donde el sol revienta cada mañana, que ilumina al hombre gris, pero su cara despoblada, su rictus de tristeza no abandonan su campo arado de penas. Los rayos plata visten de oro a este hombre cuya voluntad amanece con el día, y le obliga a volar a esa esquina abrazado a un periódico y esperando no se sabe qué. Tal vez se pase allí el día masticando el aroma de las horas mientras la gente roza su aliento perdido… Quién sabe.

Y así, un día y otro, se repite la misma película sin que él aterrice en la explanada de la vida, ni yo me decida a formar parte de ese film; más bien me inclino a ser una mera espectadora de un robot al que se olvidaron borrar los sentimientos, como en la película “Inteligencia Artificial”… Quién sabe.

Si al menos se posara algún vencejo cerca de su sombra, su mutismo tendría música, y mis ojos penitentes tendrían el consuelo de que mi hombre gris no está sólo en su vacío.

Aprieto su evocación con mis fuerzas abastecidas de ternura y pena, no quiero perder ni un renglón de ese hombre gris que remueve mis cimientos. Dialogo con mi paso y su imagen prendida en el alma para dárosla a vosotros, silentes paseantes sobre letras desatinadas.

martes, 5 de mayo de 2009

SELECTO AMBIGUO

A mi edad pienso que he vivido todas las experiencias sexuales posibles (de acuerdo, pueda que sea, como todos los hombres, un poco exagerado), pero ninguna como aquellas de los quince, dieciséis años, en las últimas filas de los cines de sesión continua: acariciar, primero,las rodillas bajo la falda, después pasar la mano por los muslos, despacio, despacio, y llegar hasta el sexo, siempre avergonzado y húmedo, abrir la blusa y notar los jóvenes pezones de piedra entre los dedos...
Saber como es una mujer desnuda sólo por el tacto; no había,entonces, otra forma.
Irrepetible, inolvidable todo..., hasta que llegaba la interrupción obligatoria en los descansos, entre película y película; en la pantalla un cartel cuyo significado nuncaentendía: "Visiten nuestro selecto ambiguo".
¿O era "Visiten nuestro selecto ambigú"?Vaya usted a saber, han pasado tantos años y mi cabeza ya no.

Luis Alcocer

LA MOMIA

Pese a que nunca he sido un cinéfilo consumado, me gusta ir a las salas de exhibición cuando considero que, apoyado en las críticas de especialistas en la materia, vale la pena ver las escenas que recomiendan.
Sin embargo existe un filme que me dejó marcado por el resto de mi vida: "La Momia".

Era apenas un chiquillo cuando mis padres me llevaban a un modesto cine de barrio a ver viejas películas en blanco y negro, copias que por exhibirse a lo largo y ancho del país, ya acusaban manchones de color sepia., se quemaban con terca insistencia y, sobre todo, estaban tan rayadas que superaban cualquier viejo cuaderno de caligrafía de doble renglón para aprender a modular la escritura.

La sala de referencia era un espacio maloliente, con pisos y butacas de madera que rechinaban al igual que las coyunturas de mi abuelo Fernando. La pantalla cuadrada lucía parda y mostraba grotescas costuras de hilo negro para sanar los desgarres e impedir que continuara deshaciéndose. Las funciones se realizabanpor la tarde y noche, con vendedores ambulantes que recorrían incansables los tres pasillos del cine, quienes sin punto de reposo, repetían hasta la saciedad su cantinela de "dulces chicles, y chocolates; muéganos, refrescos, merengues y paletas heladas".

En uno de tantos días, sin previo aviso, mi padre me llevó a este cine para elestreno de "La Momia". En mi caso, no me decía mucho el título y menos aún el guión de una historia de "miedo". Se trataba de las aventuras de una bella joven en busca de tesoros escondidos. En una de sus tantas excavaciones descubrió una tumba y en un interior un antiguo sarcófago. Auxiliada por su esquipo de trabajo, lo trasladan a la carpa de investigación.

Hasta aquí todo iba bien, pero empecé a encogerme en mi asiento al escuchar música fúnebre, al tiempo que la "muchacha de la película", inmersa en el estudio de unos papiros, no se percataba de que lentamente, a sus espaldas,empezaba a abrirse el dichoso sepulcro.

Cuando por la hendidura apareció una mano huesuda con restos de vendas sucias y desmadejadas, se escuchó el primer grito ahogado de las mujeres y cuando por fin se abre de par en par el nicho y aparece el cuerpo entero de la momia, todo mundo se sobresaltó, en tanto que yo estaba hecho un nudo con mis pies y brazos.

Más, la cámara hace un acercamiento al rostro de la momia con ruinosas vendas, descubriendo unos ojos vidriosos de mirada mortal que demandaba venganza, y con parpados y cejas pintados de un negro intenso. Acto seguido, hizo un gestomaligno y abrió su boca dejando al descubierto un negro pozo sin fondo.

A continuación, muy lento, cuando empezaba a salir de su "aposento, la griteríaen el salón, se tornó ensordecedora para salvar a la heroína:: "¡Atrás, atrás!","Voltea, voltea a tu espalda!" "¡Auxilio, pide auxilio!" ¡Agarra la pistola, lapistola!". Vano intento por disipar la amenaza que se cernía sobre ella.

Sin embargo, la escena cambió para proyectar sólo la sombra de la momia dibujándose en la pared y caminando lentamente, al tiempo que se escuchaba elescalofriante arrastrar de unas cadenas que llevaba atadas a los tobillos,mientras que el "monstruo" empezaba a levantar sus brazos con la intención de estrangular a su víctima.

A estas alturas, yo estaba debajo de la butaca, con los ojos cerrados ytapándome los oídos. Las exclamaciones de espanto proseguían y de pronto escuchédos detonaciones de una pistola. De inmediato la audiencia aplaudió a rabiar. El muchacho bueno de la película había llegado a tiempo y con certera punteríaderribó al engendro del mal, devolviéndolo a su domicilio original.

Sin embargo, no pude evitar que por vez primera conociera el amargo sabor del pánico. Hoy me río de aquella espeluznante experiencia, empero, el diabólico rostro de la momia lo llevo grabado en la memoria.

Por José Dávila Arellano

domingo, 3 de mayo de 2009

“Matrix Recargado” en el súper

“Buenos Aires: vida cotidiana y alienación” es el título de un viejo libro de Juan José Sebrelli. Y yo me siento parte de ese título.Se trabaja tanto en este rinconcito del mundo y se disfruta poco. Estamos perdiendo alegría de vivir al con-vivir con un mundo que hasta hace pocos años no tenía tanto espacio en mi país: ese de las chapas y el cartón, de la falta de jabón y dientes, de la pobreza que puede verse en la calle, en las iglesias, en las compras, cuando la persona que está al lado nuestro mira cien veces el precio de un producto que vale centavos y finalmente lo deja en el estante con resignación, en el banco, con los viejos esperando cobrar una miseria después de aportar al sistema toda la vida. Quisiera que el efecto K hubiese sido fulminante para desterrar todo esto, pero lo único que puedo, por ahora, es ayudar en lo menudo cuando alguien cercano necesita y seguir adelante intentando aceptar las cosas buenas de la vida que, en mi caso pasan por el pequeño bienestar burgués de comer todos los días, vestir con dignidad y educar a mis hijos a pesar del body piercing. Por estos días, mi hermosa ciudad y la rutina me producen una cierta alienación, un levitar interior, mientras realizo lo mejor que puedo las tareas cotidianas. Estoy esperando con gran ansiedad la llegada de la primavera. Sueño con que se vaya la neblina que invade por la mañana mi ventana y que, a veces amenaza con opacar mi vida. Ingenuamente, como si un cambio de estación pudiera obrar milagros.Esos pensamientos melancólicos me invaden pasillo tras pasillo mientras pongo en el changuito el aceite y los fideos. En eso, veo avanzar entre las góndolas a un joven muy buen mozo vestido de negro. Saco más bien largo y pantalón con rayas impecables, camisa que parece sacada del estante de la tienda y puesta en el cuerpo con el cartoncito que les sostiene el cuello. Discreta corbata de seda y maletín de marca. La verdad, a las diez de la mañana en el super ese muchacho no cuadra para nada. En medio de señoras de campera y gorro u obreros de algún taller vecino que van por el pan para el desayuno, es insólito encontrar a alguien así, por lo que decido observar a la distancia.Cuál no será mi sorpresa cuando comienzan a llegar por todas partes otros tantos jóvenes igual de negro el traje y de almidonada la camisa, igual de lustrados los zapatos y discretas las corbatas. Tengo la sensación de que mi levitar espiritual me ha trastornado y Matrix recargado se traslada a Buenos Aires. Ya son más de cien los hombrecitos de portafolio caro y mirada perdida en el horizonte. Son tan igualitos unos a otros que marean, no hay nada que los diferencie, parecen calcados, generados por una máquina, por un diseño artificial. Se ven como inhumanos. Me froto los ojos y pienso que tanto ir al cine con Fernando me hace tener experiencias casi místicas, sublimes, tal vez, en algún lugar del primer mundo se esté gestando gente para solucionar los problemas del tercero y estos jóvenes sólo sean un grupo comando de la bondad. Tal vez sólo sea una convención de ayudadores, un grupo de tareas especiales para colaborar en la resolución de los muchos problemas que aquejan a este mundo, no solamente a mi país.La realidad se impone a continuación, porque en el patio de comidas cuelga un pasacalle: “Convención de proveedores del Supermercado XX”¿Así que de eso se trataba? Me gustaba más lo que mi imaginación calenturienta había pergeñado. Eran sólo señores que buscaban venderle a XX sus productos y para hacerlo recurrían a la seguridad de verse exactamente igual a su competidor, a la tranquilidad infinitamente mínima de verse igual al otro, a escabullirse en la mediocridad y el anonimato. Si yo fuese Gerente de Compras de XX sólo recibiría a los que se animaran a vestir de verde, de violeta y colorado, con plumas de avestruz en el sombrero o con andrajos, que mucha falta hacen a este mundo los Dartagnan y Athos, los Porthos y Aramis, los Tom Sawer, los Huck, los Robinson Crusoe y mucho menos los Matriz recargados.
Cati Cobas

sábado, 2 de mayo de 2009

Una librería “de película”

Dedicada a Miriam Chepsy, la madrina de mis crónicas, porque esa librería es “nuestro” lugar en el mundo, a Ángela, que ama los libros tanto como su tía nueva y a Jorge, mi esposo, que me sugiriera el título…

¿Qué queremos decir cuando decimos que un hecho, un objeto, una situación son “de película”? Pues que los vemos especialmente originales, superlativamente únicos, que tienen un carácter extraordinario. ¿Cierto? En síntesis, que van más allá de la realidad y pertenecen al mundo de la fantasía, de la ficción, de la concreción de imposibles, en algunos casos.

Hoy voy a hablarles de una librería en la que se da una dualidad muy particular porque es “de película” por superlativamente única, por especialmente original, por su carácter extraordinario, pero, además, es li-te-ral-men-te “de película” porque supo albergar el Cine –Teatro Gran Splendid, un cine-teatro de enorme jerarquía en Buenos Aires.

Mercedes, mi hija, y yo no cabíamos en nosotras del orgullo que sentíamos cuando invitamos a nuestras visitantes mallorquinas a conocer la librería El Ateneo, en el corazón de la Avenida Santa Fe. Para no resultar demasiado vanidosas omitimos alardear con el hecho de que fue considerada por el periódico británico The Guardian como la segunda librería más bella del mundo, luego de la Boekhandel Selexyz Dominicanen en Maastricht, emplazada en una iglesia perteneciente a los Dominicos, allá por el sudeste de los Países Bajos. ¡La segunda librería más bella del mundo! Pienso… Esta misma, nuestra bella y queridísima ciudad, amante de los libros hasta tener un tramo de la calle Corrientes dedicada a ellos y una gigantesca Feria del Libro de prestigio y nivel absolutamente internacionales, pero en la que me apena que mis visitantes se tengan que doler con los niños de la calle sin la adecuada contención social, o se asombren ante el desorden del tránsito, tiene el privilegio de un lugar de ensueño como éste.
¿A quién debemos el mérito? Yo daría, sin dudas, un hurra primigenio a Mordechai David Glücksmann (Max Glucksmann), nacido en Austria en 1875 y emigrado a la edad de quince años a Argentina. Este hombre extraordinario comenzó su actividad comercial como empleado de la casa de fotografía Lepage, en Bolívar al 300 y finalizó sus días en Buenos Aires, en el año 1946, siendo dueño de setenta cines, amén de haber sido pionero del cine argentino en épocas del cine mudo y realizador de los noticiarios que denominó Actualidades. Sí a este señor tan especial, que fue además el propietario de la firma discográfica EMI, en la que inmortalizaran su música Carlitos Gardel, José Razzano, Roberto Firpo y Francisco Canaro entre tantos autores e intépretes de la música criolla.
Repito, amigos, y sin cansarme, que a Max Glucksmann y a su genio indubitable debe la Reina del Plata el edificio del Cine- Teatro que hoy nos ocupa.
Perteneciente al Academicismo en lo que hace a su línea estilística fue construido sobre el terreno de una vieja fábrica de carruajes, luego ocupada por el teatro Nacional Norte; se inauguró en 1919. Sobre proyecto de los Arquitectos Peró y Armengol, y con una valiosa cúpula decorada por el maestro italiano Otalani, inició sus actividades como sala teatral, con el ostentoso y extranjerizante nombre de Splendid Theatre.
El Cine - teatro vivió toda clase de éxitos. Desde los festivales de tango de comienzos del siglo XX hasta los mejores estrenos cinematográficos de los años cincuenta y sesenta.
Claro que todo pasa, y en este caso, quizás por designios celestiales de quien lo pergeñara, las viejas paredes han cobrado nueva vida al ser acondicionadas por la tradicional firma El Ateneo, como una enormísima librería, llenándose de estanterías pletóricas de libros y llenando a su vez nuestros porteños corazones de legítima inmodestia.
¡Qué mejor homenaje para un pionero de la cultura como Gluckssmann que haber convertido su teatro en una librería! ¡Qué orgulloso debe estar don Max contemplando “su” creación colmada de lectores y turistas!
¡Pasen y vean, distinguidos lectores, los palcos asomando sus dorados, el carmesí de tapizados y cortinas, el delicioso aroma de papel en miles y miles de estanterías perfectamente ordenadas y alineadas en los distintos niveles de la sala! ¡Vengan, por fin a beber un delicioso café entre las bambalinas del escenario convertido en original confitería! ¡Contemplen, extasiados, la cúpula que corona la sala con una representación alegórica de la paz, pintada como un festejo por el fin de la Primera Guerra Mundial! Y dígannos si no es lógica nuestra vanagloria como habitantes de Buenos Aires…
Una librería realmente “de película”. Dos veces de película, como ya les dije al comenzar mi crónica.
¡Vengan a Buenos Aires, señoras y señores, que siempre habrá en esta ciudad, a pesar de muchas cosas que debemos mejorar, sitios dignos de recibir una calificación como la que hemos elegido para El Ateneo Gran Splendid y su original forma de acercarnos a la belleza de las creaciones humanas!
Cati Cobas

viernes, 1 de mayo de 2009

EL TERCER HOMBRE

(A Orson Welles, Alida Valli, Joseph Cotten y Trevor Howard,que nunca pudieron volver a ser ellos mismos; a Carol Reed y OrsonWelles, de nuevo, que redescubrieron el expresionismo cinematográfico;a Graham Greene, que escribió, tal vez, su mejor obra; al armenioAntón Karas, que consiguió que una de las más grandes películas de lahistoria fuera recordada por su música y, por último, a Vienacon la promesa de que algún día nos conoceremos.)


Un gato maúlla,
vuela desde los brazos que le acogen
hacia la noche negra...,
vaen busca de otros brazos más amigos,
-del hombre malo y sonriente, brazos-.

La noche negra...,
-va-,
(no importa que esta seade negruras tendidas),
silente paso de felino,
cruza entre imágenes
que tienden a caer,
que caen
en forma de tinieblas,
oscuros arabescos,
espirales en suelos salpicados
de sangres derramadas,
volutas de lágrimas sin sal,
hijas de lluvias de pobreza,
de calles rotas por la guerra.
De día, la noria inmensa y lenta
como si fuera un mar en calma,
-única vez que el sol alumbra nuestra historia-,
quiere ausentar la tristeza del Prater,
ha visto, -sabe-,
que en sus jardines, las hojas tiemblan todavía
la batalla ha pasado,
debía estar en el olvido,
mas el sonido de las bombas estremece,
-queda-,
hasta en los tallos tiernos de la primavera
y hace que nazcan brotes
de polen con perfume a pólvora.
Juegan al pie, los niños sordomudos,
ciegos, que no quieren saber,
huérfanos de calor, con globos que no vuelan al cielo
y que la hierba acoge,
llenos de gas mostaza,
y de penicilina adulterada,
pesados, duros como el hambre.
Las aceras en sombras,
-umbrías-,
hilos de luz de gas,
las farolas marchitas
hacen que las fachadas ladeadas,
aguafuertes de Eisner, dominantes negruras,
no caen, se inclinan ante el hombre
que huye, que vive y está muerto,
el hombre, de sonrisa ladina, máscara del temor.
-El hombre malo, de cínica sonrisa-.
En un portal,
un gato ronronea y pule los zapatos con su piel.
Yanqui escritor de letra y vida fracasadas,
arterias con alcohol y tinta,
existencia sin oportunidad,
-absurda la existencia-,
cree en la amistad y no desea ver la muerte.
Y piensa, pobre, que el amor existe.
-Sencillamente, absurdo-.
La guerra sigue sobre Viena.
Mas... ¿no acabó?
Las guerras nunca acaban, no.
Un hombre cae desde el balcón.
El niño del balón acusa,
señala, la voz y el dedo, a un inocente,
como si en vez de niño fuera adulto.
¿Y qué más da?, ninguno es inocente
porque nadie es culpable
-nunca, ¿verdad?-
y hacen falta culpables.
E, igual que siempre, una mujer,
los ojos verdes,
rasgados, grandes, tristes y asustados,
el miedo siempre,
una emigrante sin papeles,
no importa lo que oiga, las palabras son eso,
da igual saber, lo he dicho:
una mujer enamorada de un recuerdo
o de un amor imaginado.
(Mujer del hombre vivo-muerto)
Notas agudas, melodiosas, largas notas,
hacen que vibre el aire frío de la noche,
desaparecen Harry Lime y su sonrisa falsa,
buscan alcantarillas donde los hombres
desde que nacen viven, moradas permanentes,
las cárceles del alma de Zilahy,
sucias y lóbregas, como los pensamientos más ocultos,
aquellos que uno sabe que otros tienen
y nunca, nunca, nunca, dicen.
-También son tuyos-.
Tacones en el eco de la podredumbre.
No se sale, puedes correr, tratar de huir de tu destino,
nadie puede escapar por donde no hay salida.
Las puertas, tapas circulares, tienen rejas.
(La vida tiene rejas)
-Las cárceles del alma-.
Esta vez sí: el hombre malo, cínico, perverso,
el hombre temeroso,
el que dice que el mundo es como es,
el que sólo se ama más que a nadie,
el que muestra su miedo,
el único,el auténtico,
el exponente de la raza humana...,
el Harry Lime que todos somos...,
esta vez sí: el hombre cierto muere.
Desde el fondo del parque que llega al cementerio,
ella se acerca, aumentan nota a nota, los acordes de cítara,
el aire se apodera del ambiente, espera el yanqui sobre el banco,
la ve venir, entre cipreses que guardan el camino en piedra,
pasa de largo, sin mirar siquiera, ahora la música lo es todo...
Luis A. Alcocer

EL DUELO

En medio de la noche Jaime sintió un extraño ruido; se levantó de la cama sigilosamente y tomó el winchester. Bajó la inmensa escalera siguiendo su instinto, se dirigió hacia el salón de banchetes, justo ahí, en la penumbra, de espaldas, estaba el causante del desvelo. Le apuntó con el arma:
— ¡Quieto, desgraciado! ¡Será mejor que hagas lo que te digo!, ¡saca las manos de los bolsillos y ponlas en alto, donde yo las vea! ¡hazlo lentamente..!
El hombre se da media vuelta despacio —con cara de Clint Easwood— y como en el antiguo westerns , desenfundó poco a poco las manos de los bolsillos de la chamarra, y tiró ágilmente contra su émulo, las cucharas de plata que intentaba robar de aquella lujosa mansión.
USA2'S
Entré en una venta de garaje para curiosear. Me deleité con la gran variedad de zapatos, de estilos y modelos: de seda, de raso, con hebillas grandes, pequeñas; botas y botines de tacón alto, plataformas, mocasines planos y con tacón cuadrado, sandalias con tacón de aguja, de copa, de charol, en piel, jeans y paño. También encontré pelucas maravillosas: rubias, morenas, rojizas, con mechas, destellos azules, doradas y plateadas.
Cuando me acerqué a la dueña para pagarle, observé la colección de gafas oscuras dentro de la vitrina. Era impresionante toda la mercancía, no pude contenerme y le pregunté:
—Señora, ¿cómo pudo adquirir tantos objetos originales y en tan buen estado?, son como nuevos.
—Fácil. Cuando era joven, trabajé como agente secreta: fui una chica Bond.
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Quién Diría...
«¡Mira qué pantorrillas con esas medias de seda! ». Me dije al verla.
«No puedo dejarla ir, presiento que puede comenzar una gran historia de amor».
Después de aquella noche, desapareció junto a las dos cucharas de plata en forma de Quijote y Sancho Panza, recuerdos de mi madre, además de mi billetera y el reloj.
Después de todo, la extraño tanto y conservo su fragancia intacta en mi almohada.Un año despuès...
En la televisión acaban de pasar su imagen y precisamente es ¡mi Winona! y el titular de la emisión informativa decía: « La Ryder en proceso penal por Cleptómana»
¿Quién lo diría?
Alix Rosales -Fazio
desde Cinemacatania

LA ROSA PÚRPURA DEL CAIRO

Dicen que sólo a los argentinos nos gusta Woody Allen. En mi caso, debo decir que no me he perdido ninguna de sus películas. Claro que de ahí a ser protagonista de una de ellas…¿Recuerdan "La rosa púrpura del Cairo"? Me parece ver a la muchacha atravesando la nívea pantalla para vivir un romance con un espectador.
Aquí en Buenos Aires, "Azulina flor de jacarandá porteño" fui hace unos días; no hay ninguna duda.
Y no sólo yo, también Miriam Chepsy y Paola Cescon, habituales ciudadanas deFicticia.
Un martes de octubre, un taxi me llevó desde una punta a otra en esta ciudad enorme, hasta el metálico, marmóreo y minimal hall del Museo de ArteLatinoamericano sede del Congreso de escritoras de América Latina, nada menos.
¡Vaya pretensión! Tres ignotas ficticianas nos habíamos dado cita para unencuentro ¿intervirtual? ¿hipotextuado?
Las encargadas de la mesa de informes no pudieron ocultar una sonrisa socarrona porque, para reconocernos entre la notable muchedumbre de perfumadas y elegantes literatas, decidimos portar sendas escarapelas celestes y blancas que en esta época del año, lejos de las fiestas patrias, podían interpretarse como signo de insanía o, por lo menos como producto de mentes ligeramente perturbadas.
Impertérritas, asombradas y felices ignorantes de nuestro "culturoso" entorno, nos mantuvimos las tres disfrutando como colegialas de una tarde diferente.
Eso de salirse de la pantalla de la computadora para sentarse a la mesa del Museo Renault era absolutamente de película, lo juro.
Fue casi un cumpleaños sin torta y sin velitas. Hablamos de viajes, de hijos y de amores; de mares y gaviotas; de sueños y poemas; de vida cotidiana yesperanzas renovadas. Y nos fundimos en abrazos tiernos, amorosos y nada cibernéticos. Claro que tuvimos un inconveniente inesperado. De a poco, la mesa empezó a quedarnos chica, porque sin que nos diéramos cuenta, se sentaron con nosotras, sin pedir permiso, la hermosa mujer del terremoto de Héctor enSantiago, Misia Jenomita de Alejandra, la vendedora de globos de la Chepsy,Jacinta la de Cleo, los japoneses de Daniel junto a Doña Abigail del mejicano Ruben . Estábamos por invitarlos a hacer su pedido cuando llegó el rutina riogordito oficinista de Diego para completar un censo y se escondió debajo de la mesa, el carnicero de Caterina al que perseguía su mujer. A la mujer delcarnicero, la asesina del lápiz de Paola la conminó a terminar su sanguinariotrabajo y el carnicero estaba por morir cuando apareció Elise, que decidió invitar a todos a refugiarnos de tanto caos, ocultos entre los entre telones desu teatro. Ya salíamos para allá cuando sonó mi celular, noble y práctico fósil del uno a uno. Era el chofer del radiotaxi que me esperaba ansioso al pie de las escalinatas del MALBA.
¡Basta ya de soñar, Cati Cobas!… ¡a las cosas! Al jazmín y los geranios, basta ya de mármoles y congresos. ¡A preparar la cena, Rosa púrpura! ¡Basta ya de ensueños literarios y cibernéticos encuentros!
Cuando dudo y me pregunto si fue verdad lo que relato, releo, mientras me siento Cenicienta con el zapato gemelo del que poseía el Príncipe, un catálogo que reza: "Congreso de Escritoras…MALBA…Buenos Aires" y convoco a Woody Allen o al hada madrina con su calabaza y sus ratones. Así renuevo la esperanza de continuar la historia.
Cati Cobas

EL SÉPTIMO ARTE

Fue aquel verano, y de eso hace ya tanto tiempo que casi no recuerdo ni títulos ni protagonistas, pero sí vuelve a rozarme esa sensación de miedo y angustia que me producían ciertas películas que vi durante todo el tiempo que pasé en Mérida, y que fueron el germen de las pesadillas que vendrían después.

Cuando acabó el curso, y aunque mis notas prometían unas vacaciones felices, mi padre me obligó a respirar otros aires. Cambiar unos meses libre de uniforme y estudios por la compañía de mi abuela sin tener cerca otros niños de mi edad, no era un porvenir que me hiciera mucha ilusión. Dejar el sur por la calurosa Extremadura sólo me producía pérdidas y añoranzas del mar. Mérida era entonces un pueblo que empezaba a salir de su letargo, pero para mí, lejos de mis hermanos y primos, sin compañeros con los que jugar, era el lugar más aburrido que existía sobre la tierra.

Con mi abuela vivía un tío ya mayor y achacoso; lector empedernido y muy aficionado al cine histórico y de acción. Le gustaba alardear de conocer los nombres de los artistas que estaban de moda. No sé cuantas salas cinematográficas existían en aquel entonces en Mérida, pero no serían muchas. Sin embargo, en cuanto el calor empezaba a apretar –y esto lo hacía exageradamente– se abría el cine de verano, con el suelo de tierra regado de cáscaras de pipas de girasol y las sillas plegables de madera. Dos veces a la semana después de cenar, mi tio nos dejaba a mi abuela y a mí sentadas en el mirador de la casa, para acudir a la cita con la película de turno.

Unas semanas más tarde me llevó tambien con él. Con mis casi doce años apenas frecuentaba el cine, y las películas que recuerdo eran una o dos de Joselito, y "Marcelino, pan y vino" de Pablito Calvo, pero mi tío había despertado mi curiosidad con la descripción de exóticos lugares y escenas llenas de emoción. El cine ha tenido siempre algo de misterio y de encanto. Fue el principio de un tiempo en el que los sueños se volvieron extraños y llenos de imágenes de las que quería huir. Lo que yo pensaba que serían cuentos maravillosos, resultaron dramas que me hicieron temorosa de las sombras y me dejaban horas y horas despierta. No recuerdo títulos ni nombres de actores, solo momentos, escenas que han quedado para siempre en mi memoria y que vivía tan intensamente como yo si formara parte de una realidad filmada.

Hubo otras películas, como "Orquídea negra", de Sofía Loren, con un lenguaje y una tensión que no alcanzaban mis pocos años. A pesar de ello y de que olvidé el tema, es uno de los pocos títulos que he retenido. Cuando pasó septiembre regresé al colegio. Aquellas películas terminaron pero dejaron en mí una sensación de inquietud que marcó para siempre mis preferencias por este arte.
Pilar Moreno

jueves, 30 de abril de 2009

LA HIJA DE MARYLÍN

Soy hija de mil sitios y situaciones: cuando nací mis padres se miraronpreocupados y dijeron, bajito, con temor:
-Esta niña, ¿de dónde ha salido?, es rara, ¿a quién se parece…?
Pienso que eso me marcó, ya que siempre pensé que era hija del pétalo de unaflor, de la savia de un árbol, de la luz de una estrella: hija de todos y denadie; del esperma de una ola, de las huevas olvidadas de un pez: mitad sirena ymitad mujer…
Pero el tiempo pasa y también pasó por encima de mí…Vino el cine, la tele, las revista en colores y… entonces, a mis trece años deseé por encima de todas las cosas ser la hija de Marylín Monroe.
Mis noches se poblaban de sueños en los que mi cuerpo de infante dormitabasobre su vientre liso e inmaculado; mi hambre se apagaba en sus pechos de hembranacida para querer, yo sentía, por debajo de su piel manoseada por mil ojos, unaternura inmensa y una calidez humana fuera de toda duda.El mohín de sus labios era como un beso a su hija no nacida, yo, la heredera desu estirpe.
A los quince años, sin permiso y a escondidas, me corté el pelo y me lo teñí derubio: casi me matan los que decían ser mis verdaderos padres: casi medescalabran a bofetadas…
-Pero bueno, es que quieres parecer una puta de Hollywood, eres igualita a laMarylín esa de los demonios.
Me encantó esa afirmación, no me dolieron las bofetadas, me di cuenta qué losque decían ser mis padres se habían puesto furiosos por que había descubierto laverdad: YO ERA LA HIJA SECRETA DE Marylín Monroe…
Tuve, eso sí, que volver a mi pelo rojo de siempre ( herencia irlandesa sinduda), y dos años después, mis aparentes padres, desesperados , me casaron, ytuve que renunciar a mis sueños escénicos : han pasado más de cuarenta años,pero no me privo, en cada onomástica , de cantar el cumpleaños feliz , aunque nosea el de Kennedy , mi padre, creo…
Lola Bertrand