viernes, 1 de mayo de 2009

EL SÉPTIMO ARTE

Fue aquel verano, y de eso hace ya tanto tiempo que casi no recuerdo ni títulos ni protagonistas, pero sí vuelve a rozarme esa sensación de miedo y angustia que me producían ciertas películas que vi durante todo el tiempo que pasé en Mérida, y que fueron el germen de las pesadillas que vendrían después.

Cuando acabó el curso, y aunque mis notas prometían unas vacaciones felices, mi padre me obligó a respirar otros aires. Cambiar unos meses libre de uniforme y estudios por la compañía de mi abuela sin tener cerca otros niños de mi edad, no era un porvenir que me hiciera mucha ilusión. Dejar el sur por la calurosa Extremadura sólo me producía pérdidas y añoranzas del mar. Mérida era entonces un pueblo que empezaba a salir de su letargo, pero para mí, lejos de mis hermanos y primos, sin compañeros con los que jugar, era el lugar más aburrido que existía sobre la tierra.

Con mi abuela vivía un tío ya mayor y achacoso; lector empedernido y muy aficionado al cine histórico y de acción. Le gustaba alardear de conocer los nombres de los artistas que estaban de moda. No sé cuantas salas cinematográficas existían en aquel entonces en Mérida, pero no serían muchas. Sin embargo, en cuanto el calor empezaba a apretar –y esto lo hacía exageradamente– se abría el cine de verano, con el suelo de tierra regado de cáscaras de pipas de girasol y las sillas plegables de madera. Dos veces a la semana después de cenar, mi tio nos dejaba a mi abuela y a mí sentadas en el mirador de la casa, para acudir a la cita con la película de turno.

Unas semanas más tarde me llevó tambien con él. Con mis casi doce años apenas frecuentaba el cine, y las películas que recuerdo eran una o dos de Joselito, y "Marcelino, pan y vino" de Pablito Calvo, pero mi tío había despertado mi curiosidad con la descripción de exóticos lugares y escenas llenas de emoción. El cine ha tenido siempre algo de misterio y de encanto. Fue el principio de un tiempo en el que los sueños se volvieron extraños y llenos de imágenes de las que quería huir. Lo que yo pensaba que serían cuentos maravillosos, resultaron dramas que me hicieron temorosa de las sombras y me dejaban horas y horas despierta. No recuerdo títulos ni nombres de actores, solo momentos, escenas que han quedado para siempre en mi memoria y que vivía tan intensamente como yo si formara parte de una realidad filmada.

Hubo otras películas, como "Orquídea negra", de Sofía Loren, con un lenguaje y una tensión que no alcanzaban mis pocos años. A pesar de ello y de que olvidé el tema, es uno de los pocos títulos que he retenido. Cuando pasó septiembre regresé al colegio. Aquellas películas terminaron pero dejaron en mí una sensación de inquietud que marcó para siempre mis preferencias por este arte.
Pilar Moreno

No hay comentarios:

Publicar un comentario