jueves, 4 de junio de 2009

LA SALA MONTECARLOS

Aún me pregunto si ella me influenció en mi gran pasión; si tuvo algo que ver en mi comportamiento posterior. Soy un cinéfilo o sufro alguna enfermedad de las denominadas raras. Supongo que si, ella tuvo que ser el origen, el eje de coordenadas desde donde partió mi gran afición o mi decadencia. Mamá, desde que tengo uso de razón, me llevaba al cine. Siempre al mismo, al único que conocíamos. No había semanas en la cual no acudiéramos a la sala que había a dos manzanas de casa. Me acuerdo como si fuera hoy, el gran cine "Montecarlos". No había lujos, no había excesos. Era especial, era de los de antes, pero, por desgracia, todo ha cambiado desde entonces, ya no encontrarás una pantalla cuadrada, ahora son panorámicas con sonido de alta definición. Éste es envoltorio, tú el caramelo. No busques, que no lo encontrarás, al buen y serio acomodador, sólo encontrarás unas luces de nueva generación que te guiarán por las butacas que ya no son butacas, son ultra-sofás con una perfecta inclinación, eso si antes no te has perdido dentro del laberinto de sus veinte o veintisiete sub-salas. Pero aquella sala, murió. También mi madre y antes mi padre. La sala "Montecarlos" fue derribada, pero sigue vivo su recuerdo en mí. Entrar en sus entrañas era como dejar a un lado los malos augurios, los malos momentos vividos rutinariamente a lo largo de los días, dejando las lágrimas, la sensación de hambre y miseria que por aquel entonces sufríamos. La vida era dura, muy dura en los años setenta, sobretodo desde que padre murió, pero lo fuimos superando a través de los largometrajes, o eso, al menos, pensaba yo. Mamá, reaccionó. No podía quedarse en casa, pues los recuerdos la paralizaban, la convertían en una mera figura de porcelana. Ella, se transformó. Dejó la fragilidad por la tenacidad, aparcó la indiferencia por la ambición.

Al llegar la tarde se acicalaba, se ponía bien guapa. Sus labios, color rojo pasión, su falda y su blusa de los domingos, sus zapatos de tacón. En cuanto la veía coger el bolso ya sabía donde iríamos. Por aquel entonces tenía nueve años, sólo nueve en un cómputo establecido, aunque creo que siempre he sido mayor a la edad expresada en los papeles. Y nos marchábamos hacia el séptimo arte. Al principio, debido a la escasez monetaria, sólo nos permitíamos ir una vez por semana, luego, aumentó a dos, más tarde a tres, e incluso, al final, llegamos a ir cinco por semana. Lo raro e inusual era que siempre era la misma cinta dado que la frecuencia de cambio era quincenal, así que podía ver la misma película diez veces en quince días, todo una locura que me ayudó a cultivar una extraña capacidad de aprendizaje, todo sobre la base de la repetición. Nuestras butacas en segunda fila, en el centro, siempre. No cabe citar que el portero, el Señor D. Julián, llegó a conocernos muy bien. Creo que estaba un poco enamorado de mamá. Aunque nunca tuve la certeza, pues no se le pregunté, si que pude ver el brillo de sus ojos al vernos entrar día tras día. En los comienzos todo me parecía muy divertido, me sentía un niño con mucha suerte, pues entre mis amigos ninguno se podía permitir este tipo de lujos. Yo fantaseaba en el colegio, narraba las diferentes pericias y las distintas tramas adquiridas. Pero, y según me iba haciendo mayor, había algo que me comía por dentro. ¿Por qué mamá me dejaba sólo la gran mayoría de los días? ¿Por qué motivo desaparecía y volvía a aparecer cuando la película estaba a punto de terminar? ¿Se marchaba fuera de la sala o se quedaba en algún lugar escondida? ¿Sufría de incontinencia a la misma hora y lugar? ¿Era el santuario perfecto para derramar lágrimas ante la ausencia de papá? Y todo era extraño, y yo me iba dando cuenta. La secuencia la misma, el comportamiento el mismo. Comenzaba el film, la oscuridad lo embargaba todo, y ella, ella se marchaba diciéndome en el oído: <>.

Ante la novedad todo es circunstancial, no hay preocupación ni malos pensamientos, pero cuando la novedad se transforma en clonación uno puede divagar. En esas divagaciones transcurrían las tardes de cine. ¿Por qué, mamá? Ella se levantaba, agachaba su cuerpo para no entorpecer la visión al resto de las personas que acudían a la sala, y partía hacía la parte de atrás del recinto. ¿Por qué se sentaba al fondo dejando a su hijo en completa oscuridad; sólo, entre rostros desconocidos y algún que otro ronquido? Me costó saberlo tras mucho tiempo de ignorancia, quizás la edad que no obliga a nada más que vivir. Ella se iba, yo me quedaba. Los días, meses y años se incorporaban a nuestras llagas al igual que la droga va dejando posos en las venas receptoras. Llegué, con el tiempo y la aliteración, a no sentir curiosidad por lo que la pantalla mostraba, ni a los diálogos, ni a la música, ni a nada que tuviera que ver con la cinematografía. Me interesaba ella y sus inquietudes.

Entre los blancos-oscuros, la luminosidad efímera me permitía hallarla, atrás, tan lejos y tan cerca de mí, sintiendo como ella me cuidaba, mientras agachaba la cabeza en un compás acelerado o mientras veía la película sin ver nada más que una pantalla ciega junto a rostros y cuerpos que aparecían ocasionalmente para dejar como rastro un pañuelo violado. Otras, las menos, cabalgaba en un trote acompasado, envolviendo en silencio un grito desesperado. Ella, al final. Yo, en desconcierto.

En todo niño hay un investigador, ley innata. No fue fácil de digerir y de asociar este comportamiento. Los indicios aparecieron solos; las piezas del puzzle cuadraron. Vestigios y restos acumulados entre los diálogos de bellas actrices y de los primeros desnudos insinuados fueron depositados ante mí para darme cuenta del gran gesto y de la gran fuerza materna para salir adelante. Sin tener que decir nada, ni ella ni yo, sólo una mirada, conseguí conocer a una mujer sobrenatural: mi madre, que en el cielo descanse. Y nada cambió, seguí acompañándola al cine, creo que se sintió segura con mi compañía. Yo si lo estuve, ahora que falta no lo estoy tanto. Mi madre superó barreras para que yo alcanzará una vida mejor, no le importó nada caer en el abismo. Nunca le pedí explicaciones.

Ahora soy cinéfilo, enfermo y empresario de un multicine, pero nunca dejo de mirar hacia atrás por si acaso aparece en el fondo de la sala.

miércoles, 3 de junio de 2009

EL HOMBRE GRIS

Cada mañana ahí está esperándome con la mirada de humo y el gesto plagado de soledades. Semeja un perrillo abandonado aguardando eternamente a su amo.

Antes de que aparezca su silueta desvalida, ya la estoy buscando y nuestro encuentro es no entender un porqué y un dejarte arrastrar por sensaciones encontradas; sé que por mucho que yo le mire con ojos tibios, él no me ve. Está perdido en los callejones de su memoria.

Hay una esquina de la calle, donde el sol revienta cada mañana, que ilumina al hombre gris, pero su cara despoblada, su rictus de tristeza no abandonan su campo arado de penas. Los rayos plata visten de oro a este hombre cuya voluntad amanece con el día, y le obliga a volar a esa esquina abrazado a un periódico y esperando no se sabe qué. Tal vez se pase allí el día masticando el aroma de las horas mientras la gente roza su aliento perdido… Quién sabe.

Y así, un día y otro se repite la misma película sin que él aterrice en la explanada de la vida, ni yo me decida a formar parte de ese film; más bien me inclino a ser una mera espectadora de un robot al que se olvidaron borrar los sentimientos, como en la película “Inteligencia Artificial”… Quién sabe.

Si al menos se posara algún vencejo cerca de su sombra, su mutismo tendría música, y mis ojos penitentes tendrían el consuelo de que mi hombre gris no está sólo en su vacío.

Aprieto su evocación con mis fuerzas abastecidas de ternura y pena, no quiero perder ni un renglón de ese hombre gris que remueve mis cimientos. Dialogo con mi paso y su imagen prendida en el alma para dárosla a vosotros, silentes paseantes sobre letras desatinadas.